Llegamos a la Toscana sin otro plan que recorrer las carreteras secundarias entre campos y viñedos. Esta vez no planificamos casi nada del viaje, en realidad es así como nos gusta viajar, sin grandes planes, para dejarnos sorprender por el azar y la magia del lugar.


Así, sin demasiados planes, dejamos Florencia para adentrarnos en la segunda parte de nuestro viaje por la Toscana. Después de recoger el coche de alquiler pusimos el navegador y buscamos la ruta más larga que nos llevara hasta el que sería nuestro hogar los próximos días.

Dejamos Florencia atrás por la vía Chantigiana. Las afueras de Florencia pronto se convirtieron en paisajes llenos de campos de viñas y olivos. A medio camino paramos a comer en una bodega del Chianti, hacía un día muy caluroso así que yo elegí un rosado fresco, Òscar prefirió un tinto. Al salir compramos una botella para la cena y retomamos el camino.

Una pista sin asfaltar que atravesaba los campos de viñas nos llevó hasta el agroturismo de Gianni. Su hija nos estaba esperando, nos invitó a café, nos dio un mapa y algunas recomendaciones y nos acomodó en la casa. Aprovechamos el último sol de la tarde para darnos un baño en la piscina y descorchar la botella que habíamos comprado sentados bajo una parra, contemplando la puesta de sol entre las viñas mientras el pequeño Tom comía uvas y jugaba con los gatos de la casa.

Val d’Elsa. Reconocer tu camino

El primer día decidimos conducir por la Val d’Elsa y disfrutar del paisaje toscano de campos segados, viñedos y campos de olivos. Gaia nos había marcado en el mapa un montón de pueblos para visitar durante nuestra ruta.

La verdad es que no teníamos previsto visitar tantos pueblos, somos de los que disfrutan más del camino que de los puntos de interés en si, lo pasamos bien recorriendo las carreteras secundarias, disfrutando del paisaje y parando para fotografiar o simplemente saborear la naturaleza.

Después de diversas paradas para contemplar el paisaje, la carretera nos llevó hasta Volterra, era la hora de comer así que era una parada perfecta para visitar el pueblo y disfrutar de una buena comida. Era agosto y las siete u ocho zonas de aparcamiento de Volterra estaban a tope, tardamos una hora en aparcar y cuando llegamos allí las calles estaban a rebosar de visitantes, restaurantes para turistas y tiendas de recuerdos. Nos costó encontrar un sitio donde sentarnos a comer y terminamos solucionándolo en un restaurante de pasta y pizza para turistas.

Quisimos pensar que a pesar de eso seguro que la visita valdría la pena, pero era agosto y con la calles abarrotadas de gente pasear con calma o hacer alguna foto resultó imposible, así que decidimos volver a la carretera, descartamos la visita a San Gimigiano (otro de los pueblos de visita obligada en todas las guías) y pusimos rumbo a Monteriggioni donde sí que pudimos aparcar bien, pasear con calma entre sus murallas, recorrer sus dos calles y disfrutar del mercado artesanal que celebraban ese día. Allí pudimos comprar directamente a pequeños artesanos de la zona tablas y cucharas de madera de olivo, acuarelas y juguetes de madera para Tom.


Descartamos seguir intentando visitar los pueblos más famosos que recomendaban todas las guías. Mejor disfrutar con calma de lugares menos frecuentados donde aún puedes encontrar un poco de tranquilidad, rincones bellos para fotografiar y una mesa en la terraza de alguna trattoria donde te servirán una buena comida.

En los márgenes también hay turismo pero del que te hace sentir un poco más viajero.


Chianti. Perderse entre viñas

Después de todo lo aprendido en la Val d’Elsa pusimos rumbo al Chianti para recorrer la zona de la Toscana que da nombre a la D.O. del Chianti Classico.

Pusimos música y nos dedicamos a recorrer la carretera, disfrutando de las vistas. Esta vez nada de pueblos con ocho zonas de aparcamiento ; )

El paisaje aquí es de un verde brillante. Los campos de viñas cubren laderas enteras de montañas y conviven con bosques frondosos. Las bodegas se suceden a lo largo del camino y verdaderamente dan ganas de parar en todas ellas para tomar una copa del vino de esos viñedos infinitos.

A media mañana llegamos a Castellina in Chianti, una única zona de aparcamiento, buena señal. Es un pueblo bonito y tranquilo de apenas cuatro calles. Aunque en la calle principal casi todo eran restaurantes y colmados donde comprar vino, quesos y pasta todo resultaba más familiar, apenas había turistas. Tom pudo jugar y correr en la plaza del pueblo y nosotros pudimos charlar un rato con un hombre que tenía un puesto de especias en la calle. Nos explicó que él mismo cultivaba y recolectaba todas las plantas aromáticas en su finca, las dejaba secar y después las convertía en polvo para crear sus condimentos. Nos invitó a oler todas sus mezclas aromáticas y elegimos una de albahaca, salvia y ajo para traernos a casa.

La carretera nos llevó hasta Greve pero allí decidimos coger el desvío hacia Montefioralle, la carretera estrecha y sinuosa invitaba a descubrir qué había más allá y fue así como llegamos al pueblo más bonito de nuestra ruta por la Toscana. Montefioralle es un pequeño pueblo medieval de apenas 100 habitantes, lleno de rincones bonitos y una calma que solo es capaz de romper un terremoto de dos años corriendo por sus calles ; )

Era hora de comer y encontramos un restaurante en una de sus calles, la Trattoria Il Guerrino, nos acercamos a pedir mesa y cuando nos acompañaron a la terraza y vimos ese cuadro ante nosotros solo pudimos contener la respiración. La camarera nos señaló unas viñas que eran del restaurante, nos dijo que tenían una pequeña producción de vino así que decidimos acompañar la comida con él.

Con el estómago contento seguimos nuestra ruta en dirección Radda. De nuevo una carretera indicaba el desvío a una pedanía del municipio, así que tomamos el desvío y llegamos a Volpaia.

Allí encontramos otro pequeño pueblo de apenas dos calles, habían pocos coches aparcados y se respiraba tranquilidad. Nada más llegar encontramos una plaza con terrazas que invitaban a sentarse y disfrutar tranquilamente de ese sol de media tarde. Le preguntamos a Tom si le apetecía que tomáramos un café, nos dijo que sí y nos acomodamos en las hamacas de una de las terrazas. Dos capuccinos y un vaso de leche, por favor.

Nos tomamos nuestros cafés con calma mientras en la mesa de al lado unos estudiantes de cocina que acababan de encontrarse se ponían al día. Paseamos por Volpaia casi sin cruzarnos con nadie, anotamos el nombre de un bonito restaurante que tenía una agradable terraza y huerto propio para un próximo viaje y retomamos el camino a casa acompañados por una luz dorada maravillosa.

Cuando llegamos al Novelleto el señor Gianni nos había dejado en la puerta unos tomates y unos calabacines de su huerto así que preparamos la cena con ellos.

Siena. La obstinada belleza

La lluvia fue nuestra compañera en nuestra visita a Siena. Una lluvia que no empañaba la belleza de esta ciudad que como algunos dicen ha llevado a lo largo de los siglos ‘una política consciente y obstinada de belleza’.

Y ciertamente es así porque su paisaje urbano es del todo armónico, todo el centro histórico se mueve en una paleta de color que recoge tonos teja y rosados, ocres, grises y azules. Disfrutamos de un paseo por sus calles, comimos una pizza al taglio y llevamos al #pequeñoleñador a visitar el interior del Duomo. Al cruzar la puerta no pudo contener un “Ohhhh”, tampoco pudo hacerlo bajo la cúpula de la catedral cuando vio todas aquellas estrellas sobre nosotros. Luego la cosa se desmadró un poco cuando empezó a cantar el cumpleaños feliz a pleno pulmón en las ofrendas de velas de todas las capillas, a abrazar estatuas de angelitos y a intentar des-cubrir el precioso suelo de mosaico que se ocultaba bajo la moqueta.. Y sí, acabamos saliendo de allí un poco apurados pero ahora me río mucho al recordarlo porque así es mi hijo en estado puro ; )

Decidimos poner fin a la visita antes de lo previsto, Tom tenía ganas de correr y jugar y entre la lluvia, los turistas, los paraguas y los preparativos del Palio el centro histórico estaba colapsado, así que preferimos regresar a casa y disfrutar de la naturaleza y la calma de nuestro refugio.

Al llegar a casa los deseos de Tom se vieron cumplidos, habían llegado viajeros nuevos al Novelleto y uno de ellos tenía 2 años. Tom no tardó en hacer migas con Lucca y nosotros con sus padres. Los abuelos, que viajaban con ellos, prepararon café para todos e intercambiamos anécdotas del viaje, de la Toscana, de Florencia, de Barcelona.. Lucca tenía un cubo lleno de agua y unos macarrones reblandecidos, con el colador y la pala él y Tom jugaban a hacer pasta. Me hizo mucha gracia pensar que mientras nuestros hijos aquí juegan a hacer sopas, los niños italianos hacen pasta. Realmente, el juego es también cultura.

Al atardecer dimos un paseo por el viñedo del señor Gianni. Esta vez vimos un corzo entre las viñas. Lo observamos en silencio para no asustarlo. Tom le dedicó un par de minutos, luego prefirió volver a lo suyo: hincharse a comer uvas. Salimos de allí con los pies llenos de barro rojo y con la cara manchada del jugo de las uvas.


“El pequeño Tom no puede evitar comerse las uvas del señor Gianni cada vez que paseamos por su viñedo. Al atardecer mientras caminamos entre sus viñas es fácil ver algunos cervatillos y jabalíes, ellos también bajan cada día a comerse las uvas del pobre señor Gianni. Pero al señor Gianni parece no preocuparle demasiado, en realidad creo que le divierte verlo. Y es que este entrañable hombre cada día nos obsequia con los tomates y calabacines de su huerto”.


Val d’Orcia. Donde te lleve el camino

Y por fin nos adentrábamos en el valle de Orcia, un paisaje declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Aquí había más terreno por cubrir y la carretera se adivinaba como la protagonista del entorno.

Nos dirigimos hacia Taverne d’Arbia para seguir la carretera que recorre las Crete Senesi hasta Asciano. Recorrer las Crete Senesi es como navegar en barco, la carretera dibujando las suaves crestas del paisaje, un mar en calma salpicado de las balas de paja de los campos amarillos que a estas alturas del verano ya han sido segados y de cipreses que marcan el camino a todas esas bonitas casas.

Nos sentamos en una colina viendo trabajar esos campos ondulantes. Los tractores avanzaban por las crestas como un rover avanzaría sobre la superficie de la Luna. Nos quedamos allí sentados observándolos como hipnotizados durante un buen rato.

Avanzando poco a poco por la carretera, el paisaje nos invitaba a parar y bajar del coche cada pocos metros para disfrutar de aquel paisaje extasiante.

Después de recorrer la carretera que une la Foce con Radicofani el paisaje fue cambiando poco a poco y nos fuimos adentrando por los bosques húmedos de castaños, encinas y helechos. En mitad de uno de esos bosques se esconde la Ballena Blanca, una enorme roca calcárea por la que bajan las aguas termales de San Filippo, creando a su paso pequeñas pozas naturales. Otro de los patrimonios naturales de la Toscana son las aguas termales, hay muchas zonas de acceso público para disfrutar de sus aguas. Llegamos a última hora de la tarde cuando las termas ya empezaban a vaciarse de gente, así pudimos relajarnos después de un día de carretera y disfrutar de sus aguas con tranquilidad.

Conduciendo hacia casa cuando el sol ya se hubo puesto, una luz violácea lo inundó todo, aquella visión nos hizo comprender por qué a ese paisaje de colinas lo denominan ‘crete lunari’.

La Via Francigena cruzaba aquellos campos y aquella luz y nos invitaba a seguir el camino para adentrarnos en ese paisaje casi lunar. Pero esta vez no había tiempo para más, nuestro viaje por la Toscana tocaba a su fin. Anotamos todas las cosas que se nos habían quedado pendientes y nos prometimos regresar alguna primavera para poder disfrutarla en todo su esplendor.

Podéis leer la primera parte de nuestro viaje en este post sobre Florencia.

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